Me voy pero volveré a verlos

Dice el Evangelio que mientras Jesús se despedía "se separó de ellos, los bendijo y subió al cielo". Me voy a prepararles un lugar porque yo quiero que donde yo esté, estén también mis servidores.  El Señor no nos abandona sino que siembra en nuestros corazones la esperanza. "     Sabemos que ya poseemos el paraíso, nos dice San León Magno, porque hemos entrado con Cristo hasta las alturas del cielo". Es decir, "algo de nosotros" está ya en el cielo desde ya.

 Un día tú llegarás al cielo. No es un regalo que recibirás sin mérito, sino el premio de tu vida santa. El pensamiento del cielo no te dispensa de los compromisos de la tierra; al contrario, es un estímulo para hacer algo por el mundo y por la Iglesia. Este es el sentido del mandato final de Cristo en esta despedida: Nos envía al mundo entero para que prediquemos la buena noticia y celebremos los sacramentos.

 Los santos padres llamaban a la ascensión "la esperanza del cuerpo", porque en este evento cristiano se encuentra la garantía del triunfo de la vida sobre la muerte. La existencia del hombre no es sólo un camino hacia adelante, entendido como un progreso económico o científico, sino sobre todo un camino hacia lo alto, hacia la plena realización humana. Por eso debemos comprometernos a buscar los bienes del cielo, como nos exhorta San Pablo "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba," (Colosenses 3, 1-2).

 Buscar "las cosas de arriba" es buscar a Dios; es buscar a Cristo; es permitir que Él llene todos los             horizontes de nuestra existencia aquí en la tierra. Todo adquiere así su verdadero valor, su auténtico puesto. Es verdad que Cristo se ha ido al cielo, pero entonces ¿Cómo ha querido quedarse entre nosotros a lo largo de los siglos? De tres maneras concretas: 1). Presente en su Palabra (Sagradas Escrituras); 2) En los siete sacramentos como signos visibles, 3) En la Iglesia como su cuerpo místico.

 ¡Feliz fiesta de la Ascensión!