La vida no es un camino de rosas

A medida que Jesús se acerca a su ciudad siente que ella y su templo ya no son el lugar de encuentro con Dios. A pesar de la acogida entusiasta de quienes le acompañan procesionalmente, la voz y las ordenes de quienes tienen ocupada la ciudad se resisten a esta entrada gloriosa de Jesús. En medio de ese entusiasmo, que espera y cree haber llegado el momento del triunfo, Jesús ora por la ciudad incapaz de comprender los caminos de la paz. Advierte que la salvación no es un camino de rosas, no es instalar tres tiendas en la cima del monte, ni quedarse absortos viendo la gloria de Dios que une cielo y tierra; la salvación pasa por destruir esa ciudad orgullosa de sí misma y que ha utilizado la propia residencia de Dios para hacer negocio con sus fieles.

Al Mesías, al Señor no le agrada el estatus de la ciudad que invoca su nombre; la acusa de ceguera y de haberse encerrado en sí misma haciéndose fuerte dentro de sus murallas. Jesús habla de la destrucción del templo y de la ciudad como señales que preceden a la salvación. En medio de esta gran tribulación los fieles tendrán que dar testimonio de su fidelidad, cobrar ánimo y saber que se acerca su liberación. Todo lo contrario de recrearse sobre los laureles.

Entrar por el pórtico del domingo de Ramos es unirse al Jesús histórico, al que fue y es la única puerta que conduce a la salvación; es recorrer con El, el camino del sufrimiento salvífico, soportar los ultrajes y vejaciones que llevan consigo la fidelidad al evangelio sin echarse nunca atrás y esperando contra toda esperanza pues el cristiano fiel sabe que no quedara defraudado.

Seguir a Jesús y vivir junto a Él, el camino de la cruz no debe nunca envalentonarnos frente a los demás alardeando de nuestra condición de fieles al Señor; seguir a Jesús es soportar la humillación y orar por los que nos persiguen e impiden que nuestra vida sea un camino de rosas. La verdadera esperanza, la que nos mantiene vivos, es saber que la obediencia al Padre hasta la muerte le valió a Jesús, nuestro modelo de cristiano, la exaltación por la resurrección e instalación definitiva en la vida gloriosa de Dios.

 Rev. Alejandro Marca Mansilla, Pastor.