Una invitación sencillamente sorprendente

La sorpresa no fue escuchar la invitación a ser pescadores, sino el cambiar el objetivo de la pesca: Antes eran los pescados, ahora son los hombres.  Un predicador podrá ser calificado de exitoso si sus fieles siguen sus consejos y encauzan su vida hacia Dios.
 
Jesús se fue a Galilea para predicar que el Reino de Dios ya había llegado. Tenía hambre de almas para su Padre, por eso llamó a los que quiso, para que le ayudaran en esta pesca: Simón, Andrés, Santiago, Juan, etc., y  les hizo una invitación sorprendente: "Síganme y los haré pescadores de hombres", pero más sorprende fue el resultado: "Ellos, sin pensarlo dos veces dejaron todo (redes, barcas, trabajo, familia, aficiones, nacionalidad), y lo siguieron".
 
El que se encuentra con Cristo no puede permanecer indiferente; recibe una misión, un impulso y un mandato. El encuentro se produce siempre en el silencio, en la soledad, en el misterio del diálogo con Dios. Los apóstoles permanecieron con Jesús hasta el caer de la tarde; supieron así donde habitaba, pero en seguida recibieron el encargo de ser pescadores de hombres. El cristiano no puede quedarse quieto, debe anunciar la llegada del Reino de Dios. Debe ponerse en salida, en camino de misión.
 
Pedro, Andrés, Santiago y Juan oyeron las palabras de Jesús; las creyeron y dejaron sus barcas, sus redes, su casa y se pusieron en camino con él.  Era todo lo que tenían pero no les importó,  pues había algo en la llamada de aquel hombre y en su promesa que, como adolescentes se lanzaron a una aventura y dejando sus posesiones, se marcharon con Jesús.
 
Es posible que muchos cristianos hayamos recibido una llamada que podríamos calificarla simple tradición.  Hemos nacido en una civilización, en una familia y en un momento en el que teníamos que ser cristianos. Lo hemos heredado como hemos heredado los apellidos paternos. Pero nos ha faltado el desafío y la lucha.  Nos ha faltado la respuesta concreta, consciente, madura, reflexiva de defender nuestra fe, así como defendemos a nuestra propia madre. Pues si la fe nos las trasmitieron sin consultarnos, también así al vida, entonces porque amar la vida y rechazar la fe?
 
Jesús define la misión de sus discípulos como "Pescadores de hombres". Se trataría de una pesca salvadora; no es cuestión de pescar a nadie. Se trata de anunciar una buena nueva, y ofrecer un nuevo y gozoso hallazgo: Andrés, dijo a su hermano Simón: Hemos visto al Señor! y sorprendido, lo llevó a conocerlo. Jesús fijando su mirada en Simón le dijo: De ahora en adelante te llamarás Pedro. El encuentro con Cristo cambia la vida y te hace pescador de algo totalmente nuevo.
 
Un día un buen cristiano se preguntó: "¿Qué querrá Dios de mí si ya soy bueno?" Se asomó a la ventana y vio los sufrimientos de sus hermanos: miradas tristes de niños hambrientos, ancianos solos, obreros sin trabajo, enfermos hospitalizados. Y volvió a preguntar: "¿Qué debo hacer para seguir siendo bueno?" En su conciencia oyó siempre el mismo desafío: Lo que hagas con uno de estos mis hermanos, conmigo lo haces: Dios quiere que sigas siendo bueno, que no pare de ser bueno.  Entonces decidió bajar para llorar con el desconsolado y sonreír con el alegre; ser la voz del que no habla y la vista del ciego y la fuerza del que lucha y el pan del hambriento. Así resume su experiencia: "Decidí dejar mi comodidad; hice de mi tiempo el tiempo de ellos; de mis días, nuestra vida; de mi sonrisa, nuestra alegría, de mi fe, tu presencia".
 
Cuando nos encontramos con Jesús todas las realidades de este mundo quedan transformadas. En adelante, el cristiano llora como los demás, pero no llora como si no hubiera consuelo. El cristiano ríe y se divierte como los demás, pero no como si tuviera la felicidad completa o comprada. Trabaja y negocia como los demás, pero no como si esto fuera su verdadera vocación y destino.
 
Con afecto sincero,
 
Rev. Rigoberto Gámez, JCD
Párroco