Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2018

Mensaje del Pastor

(Octubre 14, 2018)

Muy apreciados hermanos(as)

Hoy en este domingo XXVIII del tiempo ordinario la liturgia, nos presenta, elementos muy grandes para nuestro seguimiento de Jesucristo, y para la construcción del Reino. Parecería que las lecturas de hoy nos hacen de guía hacia una mayor comprensión de quién es Dios. Para empezar, el evangelio nos presenta una fotografía, con muchos matices, sobre la vida cristiana donde destaca el buen deseo que todos llevamos dentro de querer ser fieles al amor de Dios. «¿Qué haré para heredar la vida eterna?», es decir, para vivir el amor de Dios. La respuesta de Jesús es clara y contundente: vive la vida que Dios te propone, sé imagen viva de él. El medio es bien práctico: ama a los demás. Respeta su vida, su dignidad, su integridad y trata bien a los padres, a la gente más próxima a ti. Además, Jesús propone un paso más: no dependas de tus propias seguridades, no hagas un absoluto de tu deseo de ser rico, no permitas que el amor a la riqueza sea lo más importante para ti. Confía en Dios y tu tesoro será él mismo: «Tendrás un tesoro en el cielo». Uno de los detalles que encontramos en este evangelio es en dos gestos del Señor: «Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo». Sí, con afecto. Jesús me mira, y además con afecto, con amor. Qué gozo sentirse amado por Jesús, y por un Jesús que me habla personalmente. El segundo gesto es la llamada: «Y luego ven y sígueme». Sí, Jesús me dice: sígueme. Jesús nos hace una invitación personal a ir con él. Una invitación amable, casi íntima, que me invita a seguirlo con toda confianza. ¿Hemos tenido este sentimiento? ¡Enhorabuena! Él nos enseñará a descubrir que «no hay nadie bueno más que Dios».




La llamada de Dios

(Octubre 7, 2018)

Muy apreciados hermanos(as)

En este domingo vigésimo séptimo del tiempo ordinario, recogemos una gran enseñanza de parte de la sagrada escritura, y que no deja ser actual en nuestros días.

La mujer y el hombre estamos llamados a hacernos compañía mutuamente, a vivir en armonía. He dicho bien, es una llamada. Sabemos que la Biblia no es un libro de ciencia sino un libro religioso, el cual, por tanto, hace una interpretación religiosa de la realidad, siempre compleja, de la relación entre el hombre y la mujer. Y nos presenta un ideal sobre cómo deberían ser nuestras relaciones, todas las relaciones: entre vecinos, entre amigos, las de los esposos. En toda relación escuchamos la misma llamada: ama, respeta, acoge, perdona. La primera constatación que hacer sería esta: nos conviene vivir en relación porque esto nos enriquece. La primera lectura lo proclama: «No es bueno que el hombre esté solo». La siguiente constatación es que todos tenemos la misma categoría y dignidad, porque todos somos de la misma estirpe, todos creados a imagen de Dios: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gn 1,17). Reconocer la misma dignidad debería ser un ejercicio diario para considerar al esposo, a la esposa, como mi complemento necesario, el mismo yo que me mira fuera de mí y que me ama. La primera lectura nos lo recuerda: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». El hombre y la mujer se unen para formar una sola carne, un solo yo, un solo tú, una sola familia, una comunidad con la belleza de todos los colores del arco iris.




Sin excluir a nadie

(Septiembre 30, 2018)

Muy apreciados(as) feligreses:

EAl acercarnos hoy al evangelio, vemos como Jesús rechaza de plano el reproche que sus discípulos hacen frente a quienes no son discípulos de Jesús hasta el punto de negarles la capacidad de hacer el bien. Si en algo Jesús supone una novedad en la comprensión de la bondad de Dios y su acción salvífica es en esa dimensión universal que excluye toda condición particularista que echa fuera a los que no pertenecen al grupo.

Precisamente la razón de la elección de los Doce es para facilitar la expansión del Reino de Dios y hacer así posible que el mensaje de Jesús, su Evangelio llegue hasta los últimos confines de la tierra. Y ello sin olvidar que se trata de un mensaje de vida que quiere salvar a todos los vivientes y liberarles de esa muerte a la que están sujetos por su condición humana. Ese es el principal objetivo del Evangelio: anunciar la vida de Dios como regalo inmenso para la humanidad entera.




No tienen porque no lo piden

(Septiembre 23, 2018)

Muy apreciados(as) feligreses:

En este domingo quiero basar nuestra reflexión siempre teniendo en cuenta la enseñanza que recogemos de la liturgia dominical. Hemos oído hablar tantas veces de la eficacia de la oración que hemos acabado pensando que basta pedir para recibir. La expresión "pidan y recibirán " se ha convertido en una especie de seguro para toda la necesidad ¿Que ocurre con aquellas deficiencias que no podemos de la historia alejar del hombre?

Ni es falsa la eficacia de la oración, ni es menos cierto que los hombres continúan decepcionados por no conseguir aquellas cosas que piden en la oración. ¿Sera acaso, que hay cosas que no tenemos derecho a pedir? La respuesta nos la da Jesús al enseñarnos como tenemos que dirigirnos al Padre.



¡Viva nuestra Fe!

(Septiembre 16, 2018)

Muy apreciados hermanos(as)

En el presente domingo seguimos escuchando al Apóstol Santiago -dentro de la liturgia (2da Lectura)-, quien nos anima a vivir nuestra fe, y recordándonos que ésta, es viva pues nace como don de Dios que regala a todos inmortales como garantía de que la muerte no es su destino final y definitivo. Claro lo que ocurre es que hay que mantenerla viva y para ello nutrirla y cuidarla para que no se quede anquilosada; en definitiva, el don sobrenatural solo vive en nosotros si somos capaces de aceptarlo deseando que viva nuestra fe.

Ya en los primeros tiempos de la Iglesia apostóica en Jerusalén su primer obispo, Santiago, advirtió a sus fieles que de nada servía decir: "tengo fe", si luego las obras no corresponden a la fe. Creer es confiar, es aceptar la propuesta de quien nos ofrece solucionar nuestras cuestiones apoyándonos más en la capacidad de quien nos brinda confianza más que en nuestros propios recursos. Cuando el apóstol Santiago habla de la fe que salva, que da vida, se refiere a la respuesta que el creyente debe dar sin escudarse en la misericordia de Dios para con los demás.



Hacer oir a los sordos

(Septiembre 9, 2018)

Muy apreciados hermanos(as)

Como cada domingo deseo hacer mi reflexión desde la Palabra que Dios nos dirige. El día de hoy la liturgia nos presenta en la segunda lectura, el consejo de la carta de Santiago que puede parecer un poco utópico, pero resulta muy valioso, su exhortación: «No mezcléis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas». Y es que este consejo en una comunidad esta consigna resulta imprescindible. Promover la igualdad es esforzarse en ofrecer a todos los medios materiales y espirituales que necesita para desarrollar su vida dignamente. Trabajemos, pues, construyendo una verdadera comunidad, sin acepción de personas.

El evangelio de hoy, encontramos un signo muy significativo: Jesús sale del círculo cerrado de los judíos, se dirige a tierras paganas y allí cura a un sordomudo, símbolo de la humanidad cerrada a la voz de Dios. Nosotros también deberíamos salir de nuestros pequeños círculos cerrados e ir a las periferias territoriales y existenciales de las personas, como dice con frecuencia el papa Francisco, a buscar a aquellas personas que desean encontrar a Dios y escuchar su voz.Detengámonos, sin embargo, un poco más en el relato del evangelio. La gran suerte que tuvo aquel sordomudo fue que otras personas le condujeron ante Jesús, y en él encontró al pedagogo activo y paciente que le insertó en la sociedad.







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